Me encantaría poder contar que recién vengo llegando del cerro... que le debo un millón de pesos a la empresa de helicópteros que nos rescató, después de que el Cuerpo de Socorro Andino hubiese declarado terminadas las búsquedas. Que la aventura de pasar una semana en el cerro me hizo comprender las cosas verdaderamente importantes de la vida, y que volví menos estresada, más filosófica y con varios kilos menos, a mis labores cotidianas.
Pero claro, los sucesos reales son harto más prosaicos, aún cuando la aventura "le llevó" su cuota de suspenso y drama.

Lo primero que hay que aclarar es que no llegamos a la cima... En algún momento del trayecto, nos dimos cuenta de que la empresa estaba un poco por encima de nuestras capacidades físicas. En ese punto, Esteban, con gesto heroico, me dijo: "Sigue tú, déjame aquí... y no mires para atrás."
Cuestión que, por supuesto, hice.
Eran poco más de las dos de la tarde y estaba como a media hora de la cima. Los caminantes que venían de vuelta me decían: "nooo, si te quedan como quince minutos nomás..." Así que seguí adelante. Hasta que tropecé con una especie de cúspide de piedras amontonadas, que había que cruzar y bajar para llegar a un filo nevado. La técnica parecía ser descender como quien baja por una escalera, con el cerro de frente y el vacío a tus espaldas... Cierto, era como un metro y medio de altura, pero el suelo al que se llegaba era, simplemente, ese filo nevado.

Y me dio julepe. Andaba gente, pero no andaba mi
compañero de cordada. Además, pasó entonces, de vuelta de las alturas, un guaperas que se ofreció a hacerme la foto de
cuasi cumbre y que terminó de decidirme a bajar hasta donde Esteban.
Mi
compañero de cordada, por cierto, no perdía el tiempo, y conversaba de lo más animosamente con Doris y Ximena, unas chicas que habían llegado hasta ahí y desistido de seguir hasta la cumbre. Entonces, saqué las latas de sopa marinera que había llevado como sorpresa, y las calentamos y las tomamos mientras esperábamos que la pareja de andinistas con que habían subido nuestras nuevas amigas bajaran de la cumbre.

Cuando llegaron, a eso de las tres y media, empezamos el descenso. Ximena iba con unas simples zapatillas de gimnasia, y de pronto perdió el control y terminó corriendo cerro abajo. Nos alcanzó a gritar: "¡no puedo parar!" antes de caerse y aterrizar con la cabeza, mientras las piernas, con el vuelo, se levantaban hacia el cielo haciéndola darse una espectacular vuelta de carnero con el cuello apoyado en una posición increíblemente antinatural.
Corrimos hasta ella, que estaba quejándose, con la cara al sol y los ojos cerrados. Tenía golpes en la frente, el ojo derecho y la nariz. El Jota, amigo de las chicas que había llegado hasta la cumbre, sacó su botiquín de andinista, y lavó los magullones de Ximena. Le dio un antiinflamatorio y esperamos un rato hasta que ella dijo que podía levantarse.
Por suerte, podía seguir caminando, aunque le dolía una rodilla. Empezamos, pues, el descenso, que fue muy lento.
La Xime, una tipa aperradísima, se quejaba, pero bajaba incluso a pesar del miedo que le daban ciertas partes un poco más resbaladizas del descenso.
En el camino de vuelta nos tocó un atardecer precioso, aunque el smog sobre Santiago llegaba a dar angustia de pensar que debíamos volver a respirar aquello.

Hasta tuve la suerte de poder fotografiar una
turca mientras se arreglaba las plumas sobre una piedra, a la luz amarillenta de la tarde... y de paso, probar el zoom digital de mi cámara.
En definitiva, nos demoramos como seis horas en descender, y el último tercio lo hicimos totalmente de noche, bajo una luna diáfana, y entre cantos de grillos y
tucúqueres. Por suerte, el Jota y su polola, expertos ellos, andaban con sus linternitas frontales y yo también había echado mi linternita frontal marcha shansho, que salvó bastante para la ocasión.
Con esa ayuda, la guía segura del Jota (nunca llegué a saber cómo se llamaba) y la experiencia de su polola, más el aperramiento de Doris y de la Xime (se pasó, esa cabra), llegamos sanos y salvos abajo, a eso de las nueve y media de la noche.
Moralejas de esta aventura, hay muchas; pero me parece que no interesan al propósito de este blog. Sólo diré que, descontando el accidente que nos atrasó en el descenso, bajar de noche un cerro, cuando se hace con una guía tranquila y algún grado de apoyo técnico, es algo a la vez sobrecogedor y hermoso.